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18 de enero de 2018

Leyenda: La Espada de Vilardell


Por Manel Gómez Estruch

La espada de Vilardell: Leyenda e ideas de aventura.

A finales del siglo XIV, el pueblo de Sant Celoni estaba en peligro, pues en la cueva que había en el camino real entre Barcelona y Girona, cerca  del Montseny y el Montnegre exactamente, vivía una criatura terrorífica. Se trataba de un dragón que había surgido del mismísimo infierno y que fue atraído por el mal que llevaba el hombre en su interior.
En Sant Celoni estaban sufriendo ataques por parte del dragón, el cual fue destruyendo casas y matando tanto ganado como gente. Pero un buen día, Sant Martí disfrazado de mendigo picó a las puertas del castillo de Vilardell (situado en la parte baja de los bosques de Massis) y fue recibido por el caballero y señor de Vilardell, Soler. Sant Martí, bajo su disfraz pidió algo de comer a Soler y este amablemente entró a buscar un pan para el mendigo. Al salir con el pan, Soler descubrió que el mendigo no estaba, pero en su lugar había una espada reluciente, hecha de un acero nunca visto antes en manos de un mortal y que brillaba más que el oro. Soler pese a la sorpresa no dudó en empuñar la espada y probarla frente a un roble, cortándolo en dos pedazos. Sorprendido, probó contra una enorme roca y también la rajó. Motivado por el poder de la espada, seleccionó a sus mejores guardias, se equipó con su armadura y su escudo y sin más demora salió a por el dragón. Primero se encomendó a Dios y luego se lanzó a por la bestia. Al llegar al cubil del dragón (hoy en día conocida como "la cova d'en Drac") se enfrentó valientemente a la bestia, la cual quedó perpleja al verse reflejada en el escudo, momento que Soler de Vilardell aprovechó para cortarle la cabeza superando la dura y escamosa piel de Dragón. Cogió la cabeza y la llevo junto a su pueblo donde dijo:

Braç de virtut,
espasa de cavaller,
has mig partit la roca
i el drac, també.-

(Brazo virtuoso,
espada de caballero,
has partido la roca
y al dragón, también)

Pero se equivocó en las palabras, dando más importancia a su brazo que a la espada, y por ello fue castigado. Cuando la sangre del dragón que goteaba del cuello cortado tocó su piel, Soler murió envenenado, mirando al cielo.

La leyenda cuenta que dicha espada fue a parar a la armería de los condes de Barcelona, quienes la usaron para ganar diversas batallas, otros cuentan que fue enterrada dentro de una roca a la espera de alguien santo y digno que la vuelva a empuñar, ¿el verdadero paradero de la espada? nadie lo sabe.

Ideas de aventura:
  • Tras la muerte de Soler, los personajes son contratados para llevar la espada a los condes de Barcelona. Si los personajes quieren quedarse con la espada, recibirán una visita de un grupo de principados (número de PJ +4). 
  • Igual que la anterior pero un grupo de bandidos (número de PJ +12) les atacará y robará la espada. Deberán ir a por ella y recuperarla, ordenes de Sant Martí. 
  • Los PJ son de Sant Celoni y se unen a Soler en la lucha contra el Dragón, lo que pasa es que junto al dragón está Cruoris, el demonio menor de la sangre (página 32 de Daemonolatreia) y los PJ deberán enfrentarse a él. 
  • La espada sigue en la cueva, custodiada por el dragón que resultó herido, pero no de muerte... Tal vez los PJ necesiten de semejante arma para enfrentarse a un enemigo y tengan que entrar al cubil del dragón en su búsqueda... 
Estadísticas de la espada:
  • FUE necesaria: 12 
  • Características: HAB 
  • Empuñar la espada de Vilardell otorga valentía, lo que permite al portador superar automáticamente las tiradas de Templanza. 
  • Causa 2d6 de daño a cualquier enemigo y recibe un bonificador de +6 contra demonios y criaturas del infierno. Ese +6 se considera daño mágico que ignora armaduras mágicas (sólo el +6, los 2d6 se considera daño normal). Si se usa para el mal, la espada perderá sus poderes, perdiendo su brillo hasta que la empuñe otro caballero con buenas intenciones.

21 de diciembre de 2017

Las leyendas del castillo de Montségur


Por Ricard Ibáñez

Llamada de un modo bastante peyorativo por sus detractores “la sinagoga de Satanás” y “el vaticano de la herejía”, y por sus seguidores “templo solar” y “castillo del Grial”, la fortaleza de Montségur es una pequeña villa fortificada situada al sur de Francia, cerca de la frontera con la Corona de Aragón. Se alza sobre la montaña del Pog, horadada de grutas y sepulturas anteriores a la llegada del cristianismo en estas tierras. Dicen que los druidas galos ya practicaban rituales sobre esa montaña (que consideraban sagrada), y en sus grutas antes que se construyera el castillo. Según los testimonios escritos la construcción del castillo se inició en el año 1204 por el señor del lugar, Ramón de Pérella (o Pereille, según prefieran el apellido en occitano o en francés) . Eso no quita que la leyenda popular afirme que fue construida por gigantes. También dicen, aunque no hay constancia, que siguió las indicaciones de Esclarmonde (“Luz del Mundo” en occitano), de Foix, una mujer sabia tenida por “perfecta” (es decir, libre de pecado) por los cátaros.

En 1213, tras la derrota de Muret (y sobre todo la muerte de Pedro II de Aragón, el defensor de los cátaros) el obispo cátaro de Tolosa fue acogido por Ramón de Pérella, que también practicaba el catarismo. Con el tiempo, el grueso de la iglesia cátara se refugió tras los muros de la fortaleza. En 1241 a petición del rey Luis IX (San Luis para los amigos) el conde Ramón VII de Tolosa sitió el castillo. Pero la verdad es que no le puso muchas ganas (apenas un grupito de hombres controlando los accesos más mal que bien y poco más) y finalmente se disculpó ante su rey por la “imposibilidad” de tomar el castillo, tanto por hambre como por un ataque convencional.

En 1242 un grupo de inquisidores que cazaban a los herejes cátaros para “purificarlos” mediante la tortura y el fuego fueron sorprendidos por un grupo de cátaros que prácticaban el dicho cristiano de “te devolveré con creces lo que tú me des”. Resultado: Un grupo de inquisidores asesinados con bastante saña, los asesinos refugiándose en Montsegur y el Papa de Roma recordándole al santo rey francés que se había declarado la Santa Cruzada contra la herejía cátara en 1209 y que espabilase. En mayo de 1243, el senescal de Carcasona, Hugues des Arcis, emprendió el asedio del castillo. Seis mil soldados contra unos cuatrocientos defensores de la fortaleza, que albergaba en total unas 1000 almas sumando a los no combatientes. Apiñados en un espacio de unos 700 m2.

Esta vez la cosa fue en serio. Tras diez meses de asedio riguroso y algún asalto a las murallas (infructuoso) se pactó la rendición: los asediados tenía quince días para abandonar el castillo. Y una vez salieran podían optar entre ser quemados vivos o abjurar de su fe. 210 hombres y mujeres prefirieron la pira. Los demás, aunque abjuraron, no se fueron precisamente de rositas. Fueron investigados uno a uno por la Inquisición. La mayoría de los hombres de armas de la guarnición argumentaron que eran mercenarios y que el tema ni les iba ni les venía, y se les dejó ir sin más. Otros, como el propio señor del castillo Ramón de Pérella fue interrogado por la Inquisición dos veces (se conservan sus declaraciones en la Biblioteca Nacional de París, por si tienen curiosidad). La última fechada el 9 de mayo de 1244. Posiblemente murió en las prisiones inquisitoriales (piensen que el hombre tenía ya 59 años)

El castillo pasó a ser propiedad de Guy de Lévis, que edificó una nueva ciudadela sobre los restos de la anterior (por lo que me río, y mucho, de los que van buscando signos de la fe cátara en las actuales ruinas de Montsegur, pero bueno). Cuenta la leyenda que, ya que estaba demoliendo muros para edificar otros nuevos, se dedicaba a buscar el mítico tesoro de los cátaros, que aún no ha sido encontrado.

En el solsticio de verano se produce el llamado “rayo rojo”. Al alba, el sol entra por las estrechas ventanas orientales y vuelve a salir rápidamente por las occidentales para indicar, según dicen, el lugar del tesoro de los cátaros. Cada año se reúne una muchedumbre a ver el fenómeno, y no pocos agujeros se han hecho, a lo largo de los años. Si no fuera porque, como ya he dicho, Guy de Leis remodeló prácticamente casi todo el castillo original. Pues eso. Que si les hace felices pensar en Montsegur como un calendario solar yo no digo ni pio.

Sobre rumores y leyendas del castillo y sus alrededores, hay muchas y muy variadas:

Que el fantasma de la Dama Blanca (en realidad, Esclaramonde de Foix) sigue rondando dentro de sus muros. Y que no está muy contenta con los que no son cátaros, o no demuestran respeto hacia esa fe. Y que tampoco es muy amable, en especial, con los sacerdotes católicos (y si son inquisidores, no hablemos)

Que en el castillo de Montsegur se custodiaba el Grial, y que el 14 de marzo de 1244, para evitar que cayera en manos de los pecadores papistas, una “perfecta” (hay quien dice que el fantasma de Esclaramonde) se convirtió en paloma blanca y se lo llevó volando a una montaña, que se abrió ante ella cerrándose después para custodiar la santa reliquia para siempre.

Otros dicen que, jugándose la vida, tres cátaros descendieron por un acantilado vertical llevándose la reliquia, que entregaron a los templarios. Se dice que el tesoro de los cátaros, aparte de riquezas y del santo Grial, incluía biblias escritas en occitano y documentación perteneciente a la Iglesia cátara, que explicaba cómo librarse del pecado, purificar el alma y cosas así.

Se dice que un pasadizo oculto (y no descubierto, claro) comunicaba el castillo con la gruta de Lombrives. En ella se refugió el obispo cátaro Amiel Aycard en diciembre de 1243, en ella fueron emparedados vivos en 1328 510 cátaros por orden de Jacques Fournier, inquisidor y posteriormente tercer Papa de Aviñón bajo el nombre de Benedicto XII (1334 a 1342). Los restos de esos pobres desgraciados no serían recuperados hasta 1578, cuando el rey Enrique IV mandó sacarlos de ahí y enterrarlos cristianamente en el cementerio de Ornolac. Para quien no la conozca, la llamada “gruta de Lombrive” son en realidad 39 km de grutas distribuidas en 7 niveles superpuestos uno encima del otro que han sido horadados por la fuerza constante del agua. Se mantiene a una temperatura constante de 13 grados tanto en invierno como en verano. La zona más famosa quizá sea la gruta llamada “la Catedral”. Está apenas a 250 m. de la entrada, es tan grande como Notre Dame de París y tiene unos 80 metros de altura. Y no se me extrañen mucho que otra gruta del de Lombrives, llamada “el imperio de Satán” es cuatro veces mayor. Pero como está a varios kilómetros de la entrada es mucho menos conocida. La cueva ha servido de refugio a ermitaños, leprosos, forajidos y, por supuesto, por herejes cátaros. Y es que, realmente, espacio para esconderse hay.

Otras cuevas donde se refugiaron los herejes cátaros son las cuevas fortificadas de Sabarthés, al sur de Montsegur. En lo más profundo de esas grutas se han encontrado tallados símbolos templarios y cátaros. Dicen que los templarios ayudaron a escapar a todos los cátaros que pudieron, que se refugiaron sobre todo en la Corona de Aragón y el norte de Italia.

24 de agosto de 2017

Leyenda: Jaque al sultán


por Juan Pablo Fernández del Río

Al Rvdmo. P. abad del monasterio de San Gabriel, monseñor Domingo de Córdoba.

Querido hermano en Xto.:

Comoquiera que en una carta anterior me habéis confesado vuestra afición por el juego de escaques, que los moros llaman acedrex, he tenido a bien indagar acerca de las leyendas que rodean a este juego.

Ahora bien, asaz distinto era antaño: no había enroques, los peones no podían avanzar dos casillas en su primer movimiento, los alfiles avanzaban solo dos casillas en diagonal, saltando las piezas que estuvieran en medio y, lo más importante, no existía la dama, sino el alferza, que solo movía una casilla en diagonal, aunque en su primer movimiento podía mover dos casillas adelante, saltando los peones. Por esta razón, las partidas duraban mucho más tiempo que ahora que contamos con la poderosa dama en sustitución del alferza (la cual, dicen, se introdujo en honor a nuestra católica reina doña Isabel).

Dos son las leyendas más conocidas en torno al juego. La primera data del siglo XI, cuando se dice que el rey Alfonso, a punto de conquistar Sevilla, recibió la visita del visir de al-Mutamid, el monarca hispalense, y que le desafió a una partida. El rey cristiano aceptó, ya que era gran aficionado, pero no sabía que aquel hombre era uno de los mejores jugadores de al-Andalus, y perdió contra él. Habiéndose pactado que el perdedor concedería un deseo al vencedor, el visir pidió a Alfonso que levantara el sitio que había puesto a Sevilla. Este, que había dado su palabra de caballero, no tuvo más remedio que cumplir, aunque, a cambio, impuso un tributo.

Pero más popular se hizo la leyenda que con más detalle os relato a continuación. Sus protagonistas son también los moros, que, sin duda, practicaban ampliamente este juego y, por tal, lo dominaban, mas no es historia contraria a la fe cristiana, pues es su moraleja que nunca se ha de perder la esperanza, y que Dios solo le concede fortuna al que bien se la sabe labrar.

JAQUE AL SULTÁN

En el año de Nuestro Señor de 1408 reinaba en Granada Muhammad VII. Fue este un rey implacable, que gobernó con mano de hierro y supo imponerse en un tiempo en que no era en absoluto saludable convertirse en sultán de la corte nazarí, puesto que el mal del regicidio imperaba entre la familia real. Mas, precisamente, por su fuerte carácter, Muhammad supo conservar el trono mucho más tiempo que la mayoría de sus subversores parientes. En primer lugar mandó envenenar a su padre, Yusuf II, y después se deshizo de su hermano, el que iba a ser Yusuf III y legítimo heredero, encerrándolo en el castillo de Salobreña, y proclamándose así rey en 1392.

El destronado permaneció recluído dieciséis años, durante los cuales escribió algunos de los versos más tristes de la literatura andalusí. En ellos añoraba Granada y a su padre asesinado, y algunos los dedicaba a una misteriosa mujer de la que estaba enamorado y cuya existencia negó en varias ocasiones, alegando que solo era fruto de su imaginación. En realidad se trataba de la sayida, la favorita de Muhammad VII y la que tendría que haber sido su esposa. La sayida estuvo intrigando todo el tiempo con las personas de la corte favorables a Yusuf para liberarle y devolverle el trono.

Sin embargo, el fiero y desconfiado monarca Muhammad descubrió y frustró cuantos intentos se hicieron por desposeerle de su cetro. En una de las ocasiones, además, asesinó al poeta ibn-Zamrak, conocido por ser de los que más poemas epigráficos ha dejado en la Alhambra. El poeta, favorable a un hombre culto y de ciencia como era Yusuf, había sido uno de los cabecillas de la facción que apoyaba al legítimo heredero, y, tras su muerte, cesaron los subrepticios intentos por entronarle. Por su parte, la sayida nunca cejó en su empeño, pero, a partir de entonces, hubo de ser tan precavida que ninguno de sus planes pudo prosperar.

Hasta el año de 1408. El 13 de mayo, Muhammad se encontró enfermo. Sospechando que había sido envenenado y que le restaba poco tiempo, para que su hijo no tuviera ningún obstáculo en la sucesión, mandó matar a Yusuf, para lo cual envió a Salobreña a varios hombres a los que había ordenado regresar a Granada con la cabeza de su hermano. Cuando llegaron al castillo e informaron al condenado de las malas nuevas, Yusuf pidió un último deseo: ver a la sayida para despedirse de ella antes de morir. Pero, como no hubiera tiempo, ya que Muhammad quería que la orden se cumpliera de inmediato, le fue denegada su petición. «Concededme otra cosa, entonces», pidió Yusuf. «Dejadme al menos terminar la partida de ajedrez que había empezado con el alcaide antes de vuestra llegada». Les debió parecer más inocente y rápida esta última voluntad, y, por ello, lo permitieron.

Demasiado tarde comprendieron su error, al ver que la partida se alargaba durante horas, y que, ante su apremio, Yusuf contestaba aduciendo que habían dado su palabra, y el alcaide, que después de tantos años le había cogido cariño, les amenazaba prometiéndoles que toda Granada sabría que la habrían roto si no le dejaban terminarla. Al fin, la partida concluyó con el jaque mate de Yusuf al alcaide con un alfil, pero, mientras el condenado se despedía de sus carceleros, llegó una comitiva exigiendo que se le permitiera el paso de inmediato. Una vez en el interior del castillo, advirtieron a los verdugos que no llevaran a cabo la orden que se les había encomendado, ya que, de cumplirla, cometerían un regicidio; pues quien iba a ser su víctima acababa de ser proclamado sultán de Granada con el nombre de Yusuf III.

Ideas de aventuras

  • Los PJ (que deberían ser árabes) reciben el encargo de una misteriosa mujer, una de las criadas de la sayida, que les encomienda la misión ir al castillo de Salobreña y fingir ser emisarios de la corte para proclamar allí mismo rey a Yusuf III. Sin embargo, Muhammad, o su hijo, se han enterado del plan y mandarán a varios asesinos a acabar con los PJ. Los seguirán de cerca e intentarán acabar con ellos en secreto en una venta donde paren a descansar. Además, en la escena final, si sobreviven, podría haber un enfrentamiento contra los verdugos enviados por Muhammad.
  • Los PJ, que viven en la Alhambra y, por tanto, la conocen bien, son contratados por un eunuco que cuida de la sayida. Su señora insiste en que quiere salir al mercado, pero no le está permitido; no obstante, después de muchos ruegos, logra que su eunuco favorito acceda en secreto y le permita salir de incógnito. En realidad, la sayida quiere ir a comprar un veneno, pero esto no lo sabe nadie. Sin embargo, el hijo del sultán se huele algo desde hace tiempo y ha mandado vigilar (y matar, si es necesario) a la sayida. Los PJ tendrán que protegerla dutrante su furtiva salida. Si lo consiguen, al día siguiente se sabrá que el sultán podría haber sido envenenado y se está muriendo.
  • Los PJ acompañan a un caballero veinticuatro, miembro del concejo de Córdoba, a un pueblo fronterizo, donde se va a entrevistar con unos golpistas que quieren que el trono vuelva a su legítimo heredero, Yusuf. O eso es lo que piensa el caballero, porque, en realidad, es una encerrona: Muhammad ha sabido que algunos miembros del concejo de Córdoba están intrigando para deshacerse de él y ha mandado a unos sicarios para que maten a este caballero. Los PJ tendrán que protegerle, ya que le podrían atacar por el camino. Si el caballero muere, este, antes de expirar, les pedirá a los PJ que manden un mensaje a un tal “Falcón” en la Alhambra para alertarle de que han sido descubiertos. En ese caso, los PJ tendrán que viajar a Granada y tratar de descubrir quién es ese tal “Falcón”. Finalmente, descubrirán que se trata del pseudónimo del líder de la facción favorable a Yusuf, que no es otra que la sayida. ¿Se las podrán arreglar para hacerle llegar el mensaje delante de las narices del sultán?


10 de agosto de 2017

Leyenda: La heredera mestiza

por Juan Pablo Fernández del Río

Al Rvdmo. P. abad del monasterio de San Gabriel, monseñor Domingo de Córdoba.

Querido hermano en Xto.:

En las primeras letras que os mandé elogiaba vuestra sabia decisión de reunir en un tomo leyendas y fábulas ejemplarizantes, y os comentaba la necesidad de contarlas desde el punto de vista del buen cristiano, mudando cuanto fuera menester, para que infieles y falsos ídolos queden sometidos al poder de Cristo y retenga esto la memoria del oyente. Mas esta noble tarea requiere habilidad para que el rastro de lo pagano no contamine lo divino, ni, en el afán por borrarlo, dejemos lagunas o incongruencias que resten credibilidad a lo narrado.

Hace poco, precisamente, hice un hallazgo que pone en relieve esto que os digo, y es que pude conocer las dos versiones de una misma historia: la cristiana y la pagana. Se trata de un suceso que Pablo, diácono de Mérida, relata en su obra Vitae Sanctorum Patrum Emeritensium. El autor narra la llegada de un abad africano a la región para hacerse cargo de un feudo en tiempos de Leovigildo, y de cómo es asesinado por los que iban a ser sus súbditos. En el texto se destacan sus virtudes y se demoniza a sus asesinos, como no podría ser de otra forma. Mas, por casualidad, buscando obras de Aristóteles, di con un palimpsesto que conservaba el original escrito en árabe. Conocéis ya cuán curioso soy: no pude resistir la tentación de transcribir todo el escrito y traducirlo. Hube de acudir a un truchimán, pues, aunque conozco el árabe, el texto era antiquísimo y no podía entender gran cosa. Resultó ser una periégesis de uno de los primeros invasores moros de la península en la que este recoge detalles geográficos e historias tradicionales de cada región. Grande fue mi entusiasmo al ver que algunos nombres coincidían con los del suceso narrado por el diácono emeritense, y, conociendo vuestra afición por los hechos del pasado contados en distintas versiones, aquí os traigo ambos textos ya traducidos. No es necesario que os diga que, dadas las lagunas del primero y la naturaleza del segundo, ninguno de los dos se debería incluir en vuestro compendio. Los reproduzco solo para vuestros ojos.


Vidas de los santos padres emeritenses, capítulo 3 (por Pablo, diácono de Mérida).

Cuentan muchos que hace ya bastantes años, en tiempos de Leovigildo, rey de los visigodos (568-586), el abad Nuncto vino de tierras africanas a la provincia de Lusitania, y que, después de pasar un tiempo allí, por devoción, quiso visitar la basílica de la Santísima Eulalia, donde descansan sus sagrados restos. Sin embargo, se dice que por todos los medios evitaba la mirada de las mujeres como quien huye del mordisco de una víbora, mas no por misoginia, sino porque temía caer en el vicio al contemplar su aspecto. Así pues, allá a donde iba, ordenaba que caminara un monje delante de él y otro detrás a cierta distancia para que ninguna mujer tuviera ocasión de verle. Este, tras llegar, como hemos dicho, a la basílica de la mártir Santa Eulalia, le rogó con mucha insistencia al reverendísimo señor diácono Redento, que allí mandaba, que pusiera un vigilante para que, cuando saliera de su celda por la noche a orar a la iglesia, no lo viera dentro ninguna dama. No obstante, mientras se demoraba unos días en aquella santa iglesia, una viuda muy noble y virtuosa, llamada Eusebia, estaba empeñada en verle. Él no lo consentía de ninguna manera, y, por más que le pidieran que se dignase a verla, no daba su brazo a torcer. Pero ella, determinada a salirse con la suya, imploraba al mencionado diácono Redento que, en terminando los laudes matutinos, mientras él volvía de la iglesia a su celda, y estando ella escondida, ordenara que encendieran cirios cerca del santísimo varón para que al menos pudiera verlo de lejos. Así se hizo, y en cuanto, sin él saberlo, le alcanzó a mirar la mujer, con un gran grito se echó a tierra, como si hubiera sido golpeado por una piedra, y, al instante, comenzó a decirle al diácono Redento: «¡Dios te perdone, hermano! ¿Qué has hecho?». Tras esto salió al punto y se retiró con unos pocos hermanos a una ermita, y allí se preparó una modestísima morada.

Sin embargo, como empezara a destacar en la región por sus muchas virtudes, su creciente fama llegó a oídos del rey Leovigildo, quien, aunque era arriano, para que rezara por él al Señor, dispuso por escrito que este hombre y sus hermanos recibieran una parte importante de su hacienda para que tuvieran comida y ropa; lo cual Nuncto rechazó de plano. Pero entonces fue a verle un mensajero del rey, que le dijo: «No debes despreciar el ofrecimiento de un amigo»; y, al final, cedió a las presiones.

Días después, los habitantes de aquel lugar empezaron a decir: «Vayamos a ver cómo es el señor al que nos han encomendado». Y al verle con la ropa sucia y hábito andrajoso, le amenazaron todos diciendo: «Preferimos morir a servir a semejante señor». Pasados unos días, estando el santo varón en el bosque con unas pocas ovejas que había llevado a pastar, al verlo solo lo asesinaron rompiéndole el cuello. Poco tiempo después pillaron a los asesinos y los llevaron encadenados a presencia de Leovigildo, diciéndole que eran quienes habían matado al siervo de Dios. Y, aunque no profesaba la fe verdadera, justa fue su sentencia, pues dijo: «Quitadles las cadenas y dejad que se vayan. Si en verdad han matado a un siervo del Señor, no seamos nosotros quienes cobremos venganza por su muerte, sino el propio Dios». Dicho esto, en cuanto los soltaron se los llevaron los demonios, y durante muchos días sufrieron hasta que hallaron la peor de las muertes al expulsar las ánimas de sus cuerpos.


Esto cuenta el diácono de Mérida, y bien habréis observado en el relato ciertos detalles que no cuadran, a pesar del cuidado que puso su autor en el tono moralizante de su hagiografía.

En primer lugar, parece ser que el tal Nuncto era persona en extremo rígida. Me causó cierta risa (Dios me perdone), leer que huía de las mujeres “como del mordisco de una víbora, mas no por misoginia”, pues, si bien la expresión la pone el autor, ambas sentencias se contradicen. En realidad, todo el primer párrafo trata de exaltar la virtud del protagonista para luego explicar por qué recibe el premio de Leovigildo.

Mas ahí está el segundo problema: ¿Cómo un arriano premia a un católico entregándole parte de su hacienda? ¿Para que rece por él a un Dios que, al contrario de la creencia arriana, no solo es Dios sino también Cristo? Y lo que es más, si una de las cosas que distinguía a los nobles era ser arrianos, mientras que los humildes eran casi todos católicos, ¿por qué premiaría el rey a un plebeyo?

En tercer lugar, si tan recto era nuestro Nuncto, dudo mucho que hubiera aceptado el regalo de un arriano, por muchas presiones que recibiera. Cierto es que debió recibirlas, mas pienso que, más que una merced, debió ser alguna herencia recibida, o bien de familiar, o bien de la propia Iglesia, que estimó oportuno ponerle a él al frente de una de sus heredades.

Cuarto, muy pobre me parece el motivo que tuvieron los campesinos para asesinarle. Vestir de forma humilde, más que despertar sus odios, debiera haber servido para despertar sus simpatías.

Y quinto, el hecho de que Leovigildo los indulte es harto significativo, y es lo que me hace dudar de que el rey fuera quien le entregara las tierras. El final, además, es brusco y, en mi opinión, poco creíble. Debió adornarlo un poco más el diácono, y no simplemente decir que “se los llevaron los demonios”.

Mas todas estas contradicciones quedan resueltas en el relato del moro, que es el que a continuación transcribo.


LA HEREDERA MESTIZA

Unos años antes de la hégira, cuando el gran rey Leovigildo reinaba en Hispania, existía en lo que hoy es la Cora de Mérida un feudo gobernado por un gran señor de nombre Gundemaro. Por su excesiva permisividad con los ritos ancestrales contrarios a la fe cristiana, se granjeó muchos enemigos, entre los que se contaba el poderoso obispo Masona, quien pudo difundir el rumor de que Gundemaro había sido hechizado por una bruja con quien había tenido una hija, Hilda. A la muerte del señor no había quedado heredero varón, y la supuesta hija, aunque en parte era goda, tenía dos importantes trabas para heredar las tierras de su padre: ser mujer y de humilde procedencia. Así pues, Masona, viendo la oportunidad de erradicar un importante foco pagano de su diócesis, llamó a un aliado suyo, el abad Nuncto, para proponerlo al rey como digno sucesor de Gundemaro.

Nuncto, a quien precedía fama de severo e intransigente, viajó con parte de su comunidad desde el norte de África bajo la protección de unos mercenarios bereberes a los que había contratado, y se quedó en Mérida a la espera de que se resolvieran los trámites. Una vez que las presiones hicieron efecto sobre el rey y este dio su brazo a torcer, Nuncto se trasladó a las tierras de Gundemaro y se asentó en su castillo, determinado a cristianizar aquel lugar donde con tanta fuerza persistían los ritos antiguos. Pero la resistencia que se encontró fue terrible.

Las gentes del feudo, que querían convertir a Hilda en su jefa, renegaron de Nuncto desde el primer día. Este, decidido a imponer su fe a toda costa, sembró el terror entre sus súbditos sirviéndose de los mercenarios a los que había contratado, a quienes dio orden de vigilar las tierras y ajusticiar a todo aquel que participara en los cultos impíos que se celebraban en los bosques en honor a la que ellos llamaban Diosa Madre, y que algunos conocían con el nombre de Salambó, y otros, de Astarté. Además, el abad trató de obligar a toda la comunidad a acudir a la iglesia so pena de pagar el doble de impuestos. Sin embargo, ninguna de sus medidas tuvo éxito, y lo único que conseguía era exacerbar la rebeldía de los siervos.

Enterado de la existencia de una legítima heredera, Nuncto concentró sus esfuerzos en atraparla. Sus brutos forzaron y torturaron a familias enteras para arrancarles el paradero de Hilda, pero esta, avisada, se ocultó en los bosques. Harta de ver sufrir a su pueblo, pidió a su madre que le cediera el honor de ser la sacerdotisa mayor del culto, y bajo esa dignidad logró reunir a todos los fieles de la zona y trazar un plan para deshacerse de Nuncto. Espiando al abad supieron que todos los domingos tras la misa salía a pasear por las heredades en compañía de sus hombres de armas, y esta costumbre fue la perdición del religioso. Pues un domingo, mientras caminaba por los pastos, el abad oyó unas voces lejanas que le increpaban. Descubrió el clérigo a un grupo de gente que, saliendo de un bosque cercano, le gritaban y le hacían gestos obscenos. Encolerizado, Nuncto mandó a todos sus hombres a perseguirlos, quedando solo. Fue entonces cuando Hilda, en compañía de otro grupo que se ocultaba tras una colina en el lado opuesto, salió en su persecución y, tras alcanzarlo fácilmente, lo mataron en el acto.

Al poco tiempo, el obispo Masona, al enterarse del suceso, mandó a sus hombres para que hicieran averiguaciones y apresaran a los culpables, cosa que lograron. De inmediato, Hilda, junto con otros cabecillas, fueron conducidos a presencia del rey Leovigildo para que recibieran de él su castigo. Mas este, enfrentado por aquel tiempo con Masona (que se había convertido al cristianismo, siendo el rey arriano), sentenció, con desprecio, que, si en verdad aquellas personas habían causado la pérdida de un siervo de Dios, que fuera Este, y no él, quien los castigara, tras lo cual los absolvió a todos. Adoptó entonces el feudo bajo su protección directa, y así el asesinato perpetrado por Hilda quedó impune, y esta, liberada y convertida en legendaria heroína para los suyos.


IDEAS DE AVENTURAS


  • Podría ser esta una buena ocasión para llevar Aquelarre a la Alta Edad Media, en tiempos de los godos, aunque, con muy pocas modificaciones, valdría para una partida en el periodo oficial del juego (siglos XIV y XV). La historia se puede vivir desde dos ángulos interesantes: el de los paganos o el de los cristianos.


  • Si optas por los primeros, los PJ pueden ser miembros del culto a Salambó y ayudar a Hilda a echar de sus tierras a los invasores cristianos comandados por Nuncto. La partida comenzaría desde la llegada del abad, proclamándose señor del feudo, pasando por los abusos de sus matones, ayudar a Hilda a ocultarse y, finalmente, trazar el plan para deshacerse del fanático clérigo.


  • Pero también podría ser interesante que los PJ fueran contratados por el obispo Masona para indagar sobre lo sucedido tras el asesinato de Nuncto. Los PJ llegarán a un lugar abiertamente hostil cuyos habitantes tratarán de expulsarlos a toda costa, y recurrirán al poder de su Diosa Madre, en manos de Hilda y sus sacerdotisas, para ponérselo realmente difícil. Capturar a Hilda debería ser el objetivo último.


  • La liberación de Hilda por parte de Leovigildo podría dar lugar incluso a una buena campaña, estén los PJ en el bando que estén, si Masona se lo toma como algo personal y se empecina en acabar con los paganos.

27 de julio de 2017

Leyenda: La cadena de los cautivos


Por Juan Pablo Fernández del Río

Al Rvdmo. P. abad del monasterio de San Gabriel, monseñor Domingo de Córdoba.

Querido hermano en Xto.:

Le complace grandemente recibir tantos elogios a este humilde siervo del Señor, y celebro que concordéis con mi visión sobre el tema de las leyendas, mas no merezco mayor loor que la divina providencia, que nos une a nosotros, hermanos en Cristo, para dar mayor gloria a la obra del Altísimo.

Me pedís más historias como la del escarmentado giróvago, y, si Dios lo quiere, os las he de dar, mas permitidme que esta vez intente atraer a las ovejas descarriadas sin mentar al diablo. Pues si algo enardece el corazón de los hombres más que el temor a lo que desconoce, es el común enemigo. Tiempo asaz holló el sarraceno estas tierras para que la verdadera fe se tambaleara, pero las inequívocas verdades racionales que emanan de Cristo, como ha de ser, se terminaron imponiendo. Imaginad aquella época en la que la pobre gente de la frontera quedaba expuesta a las razias inesperadas del infiel, y cuánto debieron sufrir nuestros hermanos al verse arrastrados al cautiverio por aquellos infames musulmanes. Muchas leyendas nacieron de esos tiempos de terribles y crueles enfrentamientos. La que aquí referiré es solo una más de tantas.

Iba yo acompañando al prior de los Trinitarios al pueblo de Arrambla para visitar la congregación que allí se reunía, y quisieron mostrarnos la parroquia por que admiráramos su exquisita portada plateresca. Para ello llamaron al sacerdote, un hombre campechano y muy aficionado a la conversación, que nos desveló cuantos misterios encerraba cada rincón del templo. Al acceder al atrio vimos unas gruesas cadenas que rodeaban todo el espacio, y yo, que soy de natural curioso, quise saber el significado de aquello. La historia que el viejo párroco nos contó es la que abajo reproduzco.

La cadena de los cautivos

Para la gente que amaneció aquel 16 de abril, el día debió comenzar como otro cualquiera. Uno se estremece al imaginar lo que debieron sentir, estando inmersos en sus quehaceres cotidianos, al escuchar el ruido de miles de cascos herrados cada vez más cerca, y cómo, una vez avistados los moros, presa del pánico, hubieron de gritar y correr acá y acullá, sin tiempo apenas para resguardarse en un castillo mal defendido por ser pueblo de realengo. Que, mal que les pese a los humildes servir a un señor en tiempos de paz, bien que se alegraban de estar bajo su tutela cuando llegaban los moros. Pues cuentan que pasaron estos por los feudos de Aguilar, cuyo conde fácilmente los rechazó. Mas en el pueblo humilde que nos ocupa, a lo más que se podía aspirar era a escuchar a tiempo tañer la campana de la iglesia para ponerse a salvo. Tras apoderarse de cuanto ganado y grano hallaron en su camino, superaron los infieles sin mucho trabajo las maltrechas murallas, saquearon templos y casas sin miramientos y cometieron toda clase de excesos con los pobres vecinos. Asentáronse allí un día entero, y tuvieron tiempo para hacer más de trescientos cautivos, hombres a los que arrancaron de sus hogares y familias para venderlos en Granada una vez concluidas sus tropelías.

No fue, empero, aquel su peor pecado, pues invadieron también un convento que había extramuros y, como quisieran ultrajar a las monjas, salió la madre superiora en su defensa y aquella mujer tan valiente hubo de pagar su gesto con su vida. Al día siguiente, con todo dispuesto para que la cabalgata de la muerte prosiguiera su marcha de destrucción, reunieron a los hombres que habrían de llevarse frente a la iglesia, y allí les salió el párroco, quien con no menos arrojo y temeridad que la monja asesinada, mientras ponían los grilletes señaló a su mandamás y le dijo: «Dios te hará pagar tanta lacería: con los mismos grillos que arrebatas la libertad de mi gente te han de despojar de la tuya». Debió parecerle graciosa al moro la audacia del religioso, o quizá una insana superstición atacó su conciencia; sea como fuere, marchó respetando la vida del cura.

Y aunque supiera, lo cual es incierto, a quién dedicaba tan mal presagio, seguramente no se habría achantado tan audaz sacerdote. Pues el autor de tamaños quebrantos no era otro que Boabdil, último rey de Granada. Quiso Dios que poco después un monarca tan indigno como él sufriera en sus carnes el dolor causado a quienes hizo perderlo todo cuando, entre lágrimas, tuvo que dejar atrás la bella ciudad nazarí.

Siguió el agareno depredando los pueblos de alrededor en los días subsiguientes, llegando a reunir un gran botín obtenido principalmente de los templos y llevando consigo más de dos mil cautivos. Se volvió hacia Lucena el día 20, y allí puso sitio. Más le hubiera valido regresar a Granada que detenerse en tan gran confluencia de condados, pero quiso Dios que cometiera aquel error. Pues el valeroso alcaide de los Donceles, Diego Fernández de Córdoba, defendía la plaza, y supo sostenerla con suma astucia. El moro tenía prisa, sabedor de la proximidad de otras plazas fuertes, y por eso urgió a Diego a capitular. Este fingió entrar en negociaciones, mientras mandaba un mensajero a los condes de Baena y Cabra pidiéndoles refuerzos. Llegaron presto los susodichos con tres mil infantes y mil quinientos caballos a socorrer a los lucentinos, y el ejército sarraceno se dio a la fuga. Los persiguieron, queriendo recuperar las riquezas y liberar a los cautivos, pero, llegando a un arroyo, Boabdil se detuvo y ordenó desplegar sus tropas. Fue entonces cuando se hizo patente la superioridad de los moros, que contaban con casi el doble de soldados que los cristianos. Vacilaron estos al ver que podían quedar cercados, pero en ese instante llegó con su ejército el señor de Aguilar, cuyas plazas, recordemos, habían sido atacadas días atrás por los moros sin éxito, a raíz de lo cual los había estado vigilando de cerca. Reunidas sus fuerzas con el resto, en alianza con el alcaide y los otros condes, atacaron con tal ímpetu a los sarracenos que los hicieron huir en desbandada. Boabdil, herido su caballo y rodeado de enemigos, fue capturado por el conde de Baena, quien liberó a los cautivos y engrilló a los que fueran sus captores. 

El rey moro fue encerrado en el castillo de Baena, y luego conducido a Córdoba, donde fue presentado a los Reyes Católicos. Con él iban los cautivos, que regresaron a sus casas aún con los grillos puestos, a la espera de ser liberados de ellos a golpe de martillo por los herreros. El día 26 llegaron a Arrambla los trescientos que fueron capturados el infausto día. Recibidos con repique de campanas, fueron todos a la iglesia mayor para dar gracias a Dios por su recobrada libertad, donde, reunido todo el clero, se celebró un solemne Te Deum. Después, a sugerencia del párroco, se fundió el hierro de sus grilletes para fabricar la cadena que ahora luce en el atrio de la iglesia, en recuerdo del milagroso regreso de los cautivos y del augurio felizmente cumplido.

Ideas de aventuras:

  • Los jugadores podrían ser parte del ejército de Boabdil, y así exponerse al vil desenfreno de sus camaradas de armas, para luego tratar de sobrevivir en la huida. Algún destacamento del ejército cristiano, liderado por un noble segundón en busca de gloria, podría perseguirlos hasta algún pueblo, donde deberán ocultarse e intentar salir ilesos.
  • También sería interesante que los jugadores fueran parte de los invadidos y que vivieran la angustia del cautiverio, tratando de sobrevivir y trazar planes de fuga. Y luego, si consiguen huir, podrían unirse al ejército cristiano y luchar contra sus captores. Incluso podrían perseguir a un grupo de huidos que se hayan portado especialmente mal con ellos y cobrarse así su venganza. Hay una película, La leyenda de los 100 caballeros (1964), que trata de la invasión de un pueblo cristiano de la península por parte de los árabes y cómo sus vecinos se rebelan contra ellos; puede resultar inspiradora para el DJ.
  • Los Reyes Católicos liberaron a Boadil a cambio de parte de su territorio. Este no olvidó al cura que lo maldijo, y, por ello, mandó a unos sicarios para asesinarlo. Los PJ pueden ser esos sicarios, o bien, uno de ellos puede ser familiar del cura y escuchar la conversación de los asesinos por casualidad en una taberna; tendrá que pedir ayuda a los demás PJ para perseguirlos y evitar que cumplan su misión.

13 de julio de 2017

Leyenda: El monje que vendió su borrico


Por Juan Pablo Fernández del Río

Al Rvdmo. P. abad del monasterio de San Gabriel, monseñor Domingo de Córdoba.

Querido hermano en Xto.:

En grado sumo celebro vuestra decisión de recopilar historias que asistan a nuestros hermanos en su sagrada labor evangelizadora. A pesar de los esfuerzos que, desde tiempos visigodos, la Santa Madre Iglesia viene haciendo por erradicar el paganismo, este persiste con fuerza en determinadas zonas de nuestra península, y no parece tarea fácil implantar en esas rústicas y cerriles mentes arrebatadas por el diablo el temor de Dios.

Mas con humildad os digo que, habiendo sido yo limosnero, y por ello acostumbrado a los viajes por los pueblos de mi comarca repartiendo las dádivas entre los parias, habéis acudido a la persona indicada para comenzar a engrosar vuestro libro. Pues muchas supersticiones llegaron a mis oídos aquellos años, las cuales, sabedor de que es imposible borrarlas de la memoria de los incultos, modifiqué para que, de enemigas de la cristiandad por su apología de lo pagano, se tornaran en aliadas. No hay manera más eficaz de apartarlos de falsos ídolos y demonios, pues incluso aquellas tradiciones paganas más antiguas hallan su final al mezclarlas con las sempiternas verdades racionales de la fe cristiana. ¿Quién si no iba a decir que acabaríamos con la arraigada celebración del día de los ratones y las polillas, venerados como dioses a los que apaciguar para que respetaran arcones y despensas, como comenta San Martín de Braga en De correctione rusticorum?

Permitidme, por ende, que inaugure mi colaboración con una de esas historias convenientemente sazonadas, que cale y castigue, estremezca y advierta, para que el inculto recuerde y aprenda que desviarse de los rectos caminos del Señor es condenar su cuerpo y su alma de manera indefectible.

El monje que vendió su borrico

Cuentan que por estas tierras había un pícaro de esos que llamamos giróvagos, que vagan de monasterio en monasterio en busca de asilo y comida fingiendo ser monjes sin en verdad serlo. Aquel redomado sollastre, que respondía al nombre de Andrés, viajaba a lomos de un burro, sustraído, sin duda, a algún incauto o incluso quizá de algún monasterio. No habría de irle mal el negocio, pues lucía oronda panza y nunca le faltaba el vino, al que era aficionado hasta un punto más allá de lo decente.

Cierto día dirigíase a Montoro, donde habría de solazarse en la feria para después visitar una cercana abadía y allí reponer fuerzas y víveres de cuanto pudiera apropiarse. En el camino encontró a un campesino que, concluida la jornada, regresaba a casa, y le ofreció llevarlo en el burro a cambio de que le pusiera al corriente sobre los últimos acontecimientos en el pueblo y la abadía. El hombre aceptó y montó detrás de él, pero, por mucho que Andrés intentaba sonsacarle, solo recibía evasivas como respuesta, y, a veces, ni siquiera le entendía cuando hablaba. Creyendo que era deficiente o que no estaba totalmente en sus cabales, desistió y se limitó a permanecer en silencio durante el resto del trayecto. Al poco, Andrés se apercibió de que la respiración de su acompañante se había ido haciendo cada vez más pesada, como si se hubiera quedado dormido. No obstante, le tenía fuertemente agarrado por la cintura, y, de hecho, la presión de sus dedos era cada vez mayor. Llegó un momento en que el dolor ya se hizo insoportable, y se volvió para pedirle que no le apretara tanto. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la persona que montaba a su espalda en ese momento no era la misma que había recogido hacía un rato. Su piel era de un tono verdoso, unos dientes enormes le sobresalían, sus ojos eran brasas encendidas, y le estaba clavando unas horribles garras en el costado. Fue tal el sobresalto, que Andrés se cayó del burro y salió corriendo despavorido hacia el pueblo sin mirar atrás.

La gente le vio llegar exhausto y pidiendo socorro. Varios acudieron pensando que había sido víctima de los bandidos que abundan en Sierra Morena. Entre balbuceos, al fin pudieron entenderle que un monstruo le había atacado en el camino mientras se dirigía al pueblo montado en su burro. Dudaron al principio los presentes al ver su hábito de monje, pero, al percibir el hedor a vino que desprendía su aliento, llegaron a la conclusión de que el exceso de morapio había sorbido la sesera a aquel religioso, máxime cuando vieron llegar su montura a paso sereno, sin ningún extraño jinete sobre ella y con las alforjas repletas de garrafas llenas del báquico licor. Entre nervios, dolor e indignación, Andrés sufrió lo que aquí llamamos una alferecía, y cayó al suelo sin conocimiento. Entre varios le llevaron a la posada para que pudiera descansar, y fue entonces cuando vieron que tenía el hábito abierto y ensangrentado por los costados. Llamaron a un cirujano que había llegado al pueblo para montar su tienda con motivo de la feria y estaba alojado en aquella posada. Cuando este le descubrió el torso para explorarlo, quedó espantado, y dijo que, a pesar de haber visto heridas de todo tipo, jamás había presenciado una tan terrible ni conocía animal que pudiera causar tamaños desgarros.

Recuperado del mal trance y de sus heridas, se dice que Andrés vendió su borrico y su vino y acudió al monasterio con todo lo recaudado, ofreciéndolo al abad como donación a cambio de su ingreso permanente. Jamás habló con nadie a partir de entonces si no era para contar cómo el haberse desmandado de la senda del Señor le arrojó a las garras del demonio, mas que Aquel le permitió sobrevivir a su horrible encuentro para darle la oportunidad de arrepentirse y llevar una vida piadosa durante el resto de sus días.

Ideas de aventuras:
  • Todo es un montaje perpetrado por Andrés y sus socios bandidos, entre los que se encuentra el cirujano, para sembrar el pánico en el pueblo. Al día siguiente, otra persona (otro de los bandidos) aparece con las mismas heridas. El pánico cunde entre la población, hasta el punto de que existe el riesgo de que se suspenda la feria. El objetivo de los bandidos es que los contraten para vigilar los caminos, recomendados por alguien del Concejo, que sacará una buena tajada del asunto. Pero el Concejo también contratará a los PJ. Esta vez tendrán al enemigo bastante cerca, ya que los bandidos aprovecharán la más mínima distracción para quitarlos de en medio.
  • Andrés no ha sido más que objeto de un escarmiento. Conocida su condición de giróvago por el abad, este contrató a alguien para que le diera un buen susto. El problema es que esa persona ha desaparecido. El asunto requiere discreción, por lo cual el abad contratará a los PJ para que lo resuelvan. Y es que una corrupia (pág. 366 del manual de juego) se ha establecido en las cercanías del pueblo y necesita comida para ella y sus crías.
  • En una gruta cercana al pueblo se han congregado varios miembros de la Secta del Magisteruelo (pág. 454 del manual de juego) que están invocando demonios para causar el terror y la confusión en los alrededores. Su intención es provocar la suspensión de la feria debido al miedo provocado por sus acciones, ya que este es el mandato de Frimost (pág. 279 del manual de juego), demonio del que son acólitos. De conseguirlo, se harán mucho más poderosos y será mucho más difícil expulsarlos.